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viernes, 10 de febrero de 2012

¿El inicio de la "primavera académica"?

Enlacehttp://barrapunto.com/articles/12/02/07/2144202.shtml

Esto es lo que se plantea la revista The economist, en un interesante artículo titulado The price of information. Academics are starting to boycott a big publisher of journals , ante el boicot iniciado por el matemático Timothy Gowers, de la Universidad de Cambridge, a una de las mayores editoriales de revistas académicas actuales, Elsevier, y que en la actualidad ya han respaldado más de 4.000 científicos de todo el mundo. Esta interesante historia, digna de las mejores adaptaciones cinematográficas de Frank Capra arrancó el pasado 21 de enero cuando Gowers publicó en su bitácora una entrada titulada Elsevier -- my part in its downfall.
En dicha entrada, este matemático se quejaba de las "discutibles" prácticas de esta editorial hacia el ámbito académico-científico. En concreto, el alto precio de sus productos, su práctica de vender "paquetes de revistas cerrados" sin posibilidad de suscripciones a revistas concretas, su cerrazón a negociar los precios con las bibliotecas universitarias y, por último, el apoyo de esta editorial a la Research Works Act, ley que se está debatiendo en estos momentos en el Congreso de los EE.UU. y que prohibiría a los gobiernos exigir el libre acceso a los resultados publicados de las investigaciones financiadas con dinero público y manifestaba públicamente su rechazo a dicha editorial.

El resultado más importante conseguido por esta campaña hasta el momento es el sitio web The Cost of Knowledge en el que se está recogiendo el apoyo de la comunidad académica e investigadora a favor de la iniciativa de Gowers y en contra de las prácticas de la editorial Elsevier. Sin lugar a dudas, estas actuaciones son un clavo más en el ataúd de una "industria cultural" sustentada en "monopolios artificiales creados y amparados por leyes de propiedad intelectual y regulaciones gubernamentales decimonónicas contrarias al libre intercambio de la información y del conocimiento".

¿Y tú, también eres de los que piensas que las editoriales necesitan a los científicos e investigadores, pero que lo contrario no resulta tan evidente?

martes, 7 de febrero de 2012

Más allá del crecimiento

EL PAIS, Martes, 7/2/2012

Según el comunicado de prensa del presidente Van Rompuy sobre el último Consejo Europeo de carácter informal, celebrado el 30 de enero, "la estabilidad financiera no basta para salir de la crisis. Tenemos que hacer más en lo que respecta al crecimiento y al empleo". Achicar el endeudamiento sigue siendo prioritario, pero habrá que crecer, además de que se supone imprescindible para crear empleo, para evitar una recesión que haría impagable la deuda. Europa tendrá que poner en marcha una política que combine disminución del déficit con crecimiento y empleo, tres objetivos que se refuerzan entre sí.

La gravedad de la situación se hace patente en cuanto se cuestione la viabilidad de la política propuesta. A estas alturas no cabe seguir obviando la vieja cuestión de los "límites del crecimiento", ni dejar de poner en tela de juicio la relación crecimiento-empleo. Se aumenta la productividad produciendo más con menos mano de obra, y los empleos que una mejor tecnología y organización destruyen en una rama, en un mundo globalizado no resurgen sin más en otra. Cierto que bajando los salarios se logran empleos, pero esto no quiere decir que el precio del trabajo sea el factor decisivo: los países africanos con los salarios más bajos son también los que dan el índice más alto de paro. Hace tiempo que hemos constatado crecimiento sin empleo (jobless growth) y el que se sigue creando en los países más competitivos exige una calificación que no alcanza a la mayor parte de la oferta laboral.

Al fin y al cabo el crecimiento no es más que una noción estadística que resulta de sumar los datos que se eligen para confeccionar el PIB. Cuentan aquellos que consideramos positivos -inversiones en investigación, infraestructuras, tecnología, educación o sanidad- y los claramente negativos, como los que traen consigo los accidentes de tráfico, la obesidad, el alcoholismo, la polución medioambiental o la eliminación de desperdicios de productos desechables que satisfacen únicamente necesidades inducidas. Estos últimos suben también el PIB, pero no puede decirse que aporten una mejor calidad de vida. Una buena parte del crecimiento contabiliza las enormes sumas que se emplean en reparar los daños del crecimiento.

La única salida a la crisis que el actual modelo de producción propone es más crecimiento, lo que supone seguir consumiendo de la misma manera indiscriminada, la única libertad real que le queda al ciudadano, una vez denigrado a mero consumidor. Ahora bien, incitar al consumo para restablecer la coyuntura, aparte de que perjudica la balanza comercial con más importaciones, impulsa el endeudamiento privado -tarjetas de crédito, ventas a plazo, facilidades crediticias-, que ha sido una de las causas de la crisis. Para salir se propone el mismo endeudamiento que la ha provocado, sentando así las bases de la próxima.

No es el momento de explayarse en la crítica, harto conocida, del consumismo que por lo pronto atañe únicamente a los que puedan permitírselo, pues si la oferta es ilimitada, en cambio, el desempleo hace para muchos inasequible un consumo que hemos sacralizado como el mayor bien. Conocidas son las frustracciones y tensiones sociales que origina el consumismo, pero hasta ahora las contrarresta la ilusión que se propaga desde arriba y es compartida por una buena parte de la población, de que con los duros sacrificios de hoy se recuperará el nivel de consumo y continuaremos creciendo y creciendo, beneficiándose de ello cada vez un mayor número.

Justamente la creencia en que el crecimiento no tendrá fin -reconocerlo establece fecha de caducidad a nuestro sistema productivo- pone de manifiesto la incoherencia disparatada del crecimiento ilimitado. Aunque nos refugiemos en una categoría tan vaporosa como la del "crecimiento sostenible", parece bastante descabellado suponer que se podrá seguir creciendo en Occidente, a la vez que en los otros continentes, sin tomar en consideración el agotamiento de los recursos o los daños ecológicos.

Ello no es óbice para que se mantenga impertérrita, dominando la política y los medios, la ideología del crecimiento que imponen los que se benefician del actual sistema productivo. La única rendija que se divisa reclama que sea la política, y no los mercados, la que tome las medidas oportunas, pero es una demanda que hasta ahora no ha tenido la menor consecuencia.

lunes, 9 de mayo de 2011

¿MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA ACADÉMICA?: MODO 2, CIENCIA POSACADÉMICA Y CIENCIA POSNORMAL

articulillo que puede resultarnos interesante en el debate de la ciencia:
María Jiménez-Buedo (Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Irene Ramos Vielba (Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC)
enlace

jueves, 14 de abril de 2011

Artículo interesante; en serio, no se que narices hacemos con los brazos cruzados... esperar a que solucionen nuestros problemas los mismos que la causaron; o que de repente los planetas se combinen de tal manera que a todos nos empiece a salir rodado todo... debemos empezar a pensar que solo nosotros podemos cambiar algo de los sistemas que manejan nuestras vidas, pero no lo vamos a hacer esperando que sea otro el que de el primer paso....

¡Rebélate!



VICENÇ NAVARRO

Este artículo es una reflexión sobre el presente tomando el pasado como guía de a dónde debiéramos ir. Después de todo, los valores republicanos son la máxima expresión de los valores democráticos que tendríamos que sostener en un sistema político, en el cual cada ciudadano tuviera la misma capacidad decisoria en la gobernanza del país, sin cortapisas o leyes electorales que den más peso a unos que a otros, como está ocurriendo en España. La Transición inmodélica de la dictadura a la democracia produjo una cultura escasamente democrática y un proceso electoral que estaba diseñado –como han reconocido algunos de sus diseñadores– para debilitar a amplios sectores de las izquierdas. Ello ha determinado que, aun cuando las encuestas muestran que la mayoría de la población española está en el centro-izquierda e izquierda, las políticas de izquierda (a pesar de grandes avances) no han dominado la mayoría del comportamiento legislativo durante el proceso democrático. El sustancial retraso del Estado del bienestar español (con el gasto público social per cápita más bajo de la UE-15), 30 años después de la democracia, es un indicador de ello.
Nuestro sistema electoral es poco representativo y se nota. Y esta escasa representatividad en las Cortes españolas (que se reproduce en los parlamentos autonómicos) va acompañada de unos partidos, la mayoría de los cuales están enormemente influenciados por los mayores medios de información y por grupos de presión, entre los cuales, el capital financiero es esencial. Así, hemos visto cómo se ha desarrollado casi un consenso en los establishments políticos y mediáticos del país sobre la necesidad de retrasar la edad de jubilación de 65 a 67 años, propuesta legislativa del Gobierno que fue aprobada casi por unanimidad en las Cortes españolas. Este casi consenso contrasta con la enorme impopularidad de tal medida entre la ciudadanía, la gran mayoría de la cual se opone. Según la Constitución española, el poder del Estado deriva de la voluntad popular. Pero, si comparamos qué es lo que la ciudadanía desea por un lado y lo que las distintas ramas del Estado (y, muy en especial, la rama legislativa y ejecutiva del Estado) aprueban por el otro, el contraste es significativo.
Otro ejemplo de ello son las medidas que el Estado ha tomado para salir de la crisis (desde la congelación de las pensiones a los recortes radicales que se están aplicando a los ya subfinanciados servicios del Estado del bienestar). Las cotas de impopularidad de estas medidas son muy altas, lo cual no es obstáculo para que se realicen, promovidas por la mayoría de los medios de mayor difusión. Tales medios editorializan y repiten machaconamente que no hay otras medidas posibles en respuesta a factores “externos”, en este caso, los mercados financieros. Acentúan con gran intensidad lo de “externos” a fin de diluir las responsabilidades internas. Pero lo externo es una mera excusa para realizar lo que los establishments financiero, empresarial, político y mediático han deseado siempre: debilitar al mundo del trabajo para optimizar los intereses del capital. Es lo que solía llamarse “lucha de clases”.
Naturalmente que las clases sociales van variando y su conflicto se expresa de muchas formas. Pero hoy este conflicto es de la gran mayoría de la población (clase trabajadora y la mayoría de las clases medias) frente a una enorme concentración de poder financiero y económico español que, en alianza con sus aliados extranjeros, está imponiéndose a la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, para reducir el déficit, en lugar de congelar las pensiones y recortar los gastos en sanidad, educación, servicios domiciliarios y otros, se podrían haber conseguido 35.000 millones de euros mediante las cargas impositivas de los sectores más privilegiados (sin afectar a la mayoría de la población), tal como han sugerido los inspectores de Hacienda del propio Ministerio de Economía. Es más, mediante la corrección del enorme fraude fiscal –que beneficia primordialmente a la banca, a las grandes empresas y a las rentas superiores (eliminando, por ejemplo, los paraísos fiscales), así como revirtiendo las reducciones fiscales regresivas llevadas a cabo en los últimos 15 años– podrían obtenerse 80.000 millones de euros más.
No es, pues, lo “externo”, sino lo “interno” lo que está obstaculizando la expresión del proceso democrático. Y la ciudadanía es consciente de ello. Encuesta tras encuesta muestra el desapego de la ciudadanía hacia la clase política y hacia los gobernantes. Nuestra democracia está seriamente amenazada. De ahí la urgencia de movilizaciones para continuar la lucha iniciada por las generaciones anteriores en defensa de la democracia. Nuestros padres lucharon para defender la democracia y fueron brutalmente reprimidos como consecuencia de su derrota. Mi generación luchó en los difíciles años cincuenta, sesenta, y más tarde en los setenta, oponiéndose a la dictadura. Fue esta lucha y otras las que fueron responsables del fin de la dictadura. No hay que olvidar nunca que, aun cuando Franco murió en la cama, la dictadura murió en la calle.
Y es ahora cuando hay que luchar para recuperar la democracia que está siendo secuestrada, en la que el Estado está tomando posturas sistemáticamente en contra de la mayoría de la población y en contra de su deseo. Esto es indignante y requiere movilizaciones populares basadas en los valores republicanos que exijan al Estado que responda a la sociedad y no, como está ocurriendo ahora, que se imponga a ella.

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas en la Universitat Pompeu Fabra

Ilustración de Mikel Jaso